En la ganadería de leche, comprender y gestionar el aporte energético de los rumiantes en las semanas que rodean al parto es fundamental para la productividad de la explotación. El preparto se caracteriza por una compleja interacción entre las crecientes necesidades energéticas del animal y su ingesta real de energía. A medida que se acerca el parto, las necesidades energéticas aumentan de forma importante para sostener el crecimiento del feto y la preparación de la lactación. Sin embargo, esta mayor demanda suele coincidir con una disminución de la ingesta de materia seca, lo que crea una diferencia entre lo que el animal necesita y lo que come.
Para cubrir esa diferencia, el animal moviliza sus reservas de grasa corporal como fuente alternativa de energía. Es una respuesta natural de adaptación que permite que la producción de leche arranque y suba con rapidez tras el parto, aunque el consumo de alimento todavía se esté recuperando. Cuánta grasa se moviliza, y durante cuánto tiempo, depende de la condición corporal del animal al parto, de la densidad energética de la ración y de la rapidez con la que se recupera el consumo después del parto.
Movilizar reservas corporales supone perder peso. Cuando la pérdida es acusada o prolongada, la condición corporal baja, y sus efectos van más allá del periodo de transición: la condición corporal en las semanas posteriores al parto está estrechamente ligada a la producción de leche de toda la lactación y a la eficiencia reproductiva del rebaño. Por eso es clave reconocer y gestionar esta diferencia energética antes del parto. Requiere una gestión nutricional cuidadosa, un seguimiento regular de la condición corporal y unas prácticas de alimentación que acompañen al animal en su transición hacia la lactación, protegiendo la productividad de la explotación.





